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LA CINTA BLANCA |
Valoración:
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por ANA |
07/02/10 |
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Dirección:
Michael Haneke
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Reparto:
Christian Friedel, Ernst Jacobi, Leonie Benesch, Ulrich Tukur, Ursina Lardi
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En “El pueblo de los malditos” de 1960 y la posterior versión de 1995 con el malogrado Christopher Reeve a la cabeza, un grupo de hermosos niños rubios y angelicales se hacían con el control del pueblo en el que habían nacido. En la poco afortunada adaptación a la pantalla del relato “Los chicos del maíz” de Stephen King otro grupo de niños no tan rubios ni angelicales vivían una cruel, deshumanizada y muy literal interpretación de ciertas Sagradas Escrituras.
Referencias hay varias pero La cinta blanca se aparta de ellas. No hay elementos sobrenaturales, ni terror explícito ni nada que justifique por sí mismo que el espectador se quede frío y mudo en la butaca, pero eso es lo que pasa. La maldad infantil perturba e incomoda porque no se quiere creer pero Haneke ni siquiera parece estar hablando de ella. Sólo muestra, con deliberada calma y una sobrecogedoramente hermosa fotografía en blanco y negro, la vida cotidiana en un pueblo alemán y los bellos parajes donde se asienta, un poco antes de la primera guerra mundial.
Algo trágico turba la tranquilidad del pueblo, un accidente provocado para el que no hay culpables y después del cual nada parece ser lo mismo. Un narrador en off cercano, el maestro, nos habla de los personajes mientras la cámara les sigue invitándonos a ver lo que ocurre con la sabiduría de dejarnos en la puerta si hay algo que considera que no necesita mostrar. De la vida de los adultos, los niños son testigos mudos y omnipresentes. Callados, educados, formales, hermosos todos ellos, ni al maestro ni al espectador se oculta que esconden algo pero Haneke nos considera buenos entendedores y se abstiene de revelar.
Protagonistas de algunos de los momentos más bellos - como la conversación sobre la muerte de los hijos del médico- , la presencia infantil va cargando inadvertidamente de desazón el ánimo del espectador hasta que un fundido en negro y un turbador silencio le acompaña a la salida. Eso y, a modo de palmadita en la espalda una vocecita que dice: “y ahora, reflexiona.”
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